Hacia una estrategia de recursos hídricos que dure 100 años, por Gonzalo Cortés

PAÍS CIRCULAR – El fin de semana pasado se anunciaron entre 150 y 200 mm de precipitación para la zona central en tan solo 3 días. Una cantidad de precipitación que trajo cortes de luz, inundaciones, deslizamientos y probablemente problemas de diversa índole para cualquier empresa cuya operación dependa de cauces tanto naturales como artificiales. Este evento de precipitación tiene su origen en un “Río Atmosférico”, fenómeno del clima que se caracteriza por un transporte de humedad atmosférica alta en una franja geográficamente relativamente estrecha (he ahí su nombre).

Tan solo días atrás eso sí, nos quejábamos de un déficit importantísimo de precipitaciones, con su consecuente falta de nieve en zonas cordilleranas, recurso vital para la agricultura, empresas sanitarias y generadoras hidroeléctricas, entre otras industrias. Las consecuencias de este déficit eran notorias: centros de ski con menos de un 10% de sus pistas abiertas, discusiones de racionamiento eléctrico, y empresas agrícolas preparándose para una temporada de riego muy limitada.

Pasamos de un extremo a otro en tan solo unos días: este frente dejará nieve suficiente como para hablar de que estamos ante un año normal de precipitaciones en la zona central, y un año con superávit en la zona centro norte. Informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), junto con investigaciones de académicos chilenos y extranjeros, convergen en que el clima del futuro será un clima de extremos, con sequías de múltiples años interrumpidas por eventos de precipitación extrema como el que estamos presenciando, debido al incremento de la humedad atmosférica como consecuencia del aumento de la temperatura del océano.

Ante este escenario de extremos, Chile debe replantearse su dependencia hidrológica. Durante los últimos 100 años hemos gozado de una posición privilegiada. La cordillera ha provisto de almacenamiento gratuito a través de la nieve que se acumula cada invierno, nieve que convenientemente se derrite en la época de mayor necesidad, con caudales de deshielo perdurando hasta marzo o abril en años donde se acumuló una capa de nieve suficientemente profunda.

En años secos, hemos contado con los glaciares, los cuales de acuerdo a investigaciones nacionales proveen hasta el 75% del caudal en cuencas de la zona norte y central del país durante los meses de febrero, marzo y abril. Dicho recurso también está bajo amenaza debido al cambio climático: mayores temperaturas resultarán en un continuo retroceso de estas masas de hielo, provocando su desaparición en muchas cuencas que actualmente dependen de ellas para su abastecimiento en épocas secas. Entre estas cuencas está la del Maipo, con un suministro cada vez menos resiliente a las sequías debido a la pérdida de capacidad natural de almacenamiento criosférico.

Necesitamos desarrollar una estrategia de recursos hídricos que ya no dé por sentada la nieve y el hielo como reservorios gratuitos. Eso implica, en la práctica, monitorear en tiempo real cuánta agua hay realmente almacenada en la cordillera, incorporar pronósticos de deshielo en la operación de embalses y sistemas de riego, y diseñar mecanismos financieros que asuman la variabilidad extrema como la norma y no la excepción. La tecnología para hacer esto ya existe; lo que falta es que empresas y entidades públicas la incorporen antes de que la próxima sequía o el próximo río atmosférico nos tome por sorpresa.

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Fuente: País Circular, Viernes 24 de Julio de 2026

PAÍS CIRCULAR – El fin de semana pasado se anunciaron entre 150 y 200 mm de precipitación para la zona central en tan solo 3 días. Una cantidad de precipitación que trajo cortes de luz, inundaciones, deslizamientos y probablemente problemas de diversa índole para cualquier empresa cuya operación dependa de cauces tanto naturales como artificiales. Este evento de precipitación tiene su origen en un “Río Atmosférico”, fenómeno del clima que se caracteriza por un transporte de humedad atmosférica alta en una franja geográficamente relativamente estrecha (he ahí su nombre).

Tan solo días atrás eso sí, nos quejábamos de un déficit importantísimo de precipitaciones, con su consecuente falta de nieve en zonas cordilleranas, recurso vital para la agricultura, empresas sanitarias y generadoras hidroeléctricas, entre otras industrias. Las consecuencias de este déficit eran notorias: centros de ski con menos de un 10% de sus pistas abiertas, discusiones de racionamiento eléctrico, y empresas agrícolas preparándose para una temporada de riego muy limitada.

Pasamos de un extremo a otro en tan solo unos días: este frente dejará nieve suficiente como para hablar de que estamos ante un año normal de precipitaciones en la zona central, y un año con superávit en la zona centro norte. Informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), junto con investigaciones de académicos chilenos y extranjeros, convergen en que el clima del futuro será un clima de extremos, con sequías de múltiples años interrumpidas por eventos de precipitación extrema como el que estamos presenciando, debido al incremento de la humedad atmosférica como consecuencia del aumento de la temperatura del océano.

Ante este escenario de extremos, Chile debe replantearse su dependencia hidrológica. Durante los últimos 100 años hemos gozado de una posición privilegiada. La cordillera ha provisto de almacenamiento gratuito a través de la nieve que se acumula cada invierno, nieve que convenientemente se derrite en la época de mayor necesidad, con caudales de deshielo perdurando hasta marzo o abril en años donde se acumuló una capa de nieve suficientemente profunda.

En años secos, hemos contado con los glaciares, los cuales de acuerdo a investigaciones nacionales proveen hasta el 75% del caudal en cuencas de la zona norte y central del país durante los meses de febrero, marzo y abril. Dicho recurso también está bajo amenaza debido al cambio climático: mayores temperaturas resultarán en un continuo retroceso de estas masas de hielo, provocando su desaparición en muchas cuencas que actualmente dependen de ellas para su abastecimiento en épocas secas. Entre estas cuencas está la del Maipo, con un suministro cada vez menos resiliente a las sequías debido a la pérdida de capacidad natural de almacenamiento criosférico.

Necesitamos desarrollar una estrategia de recursos hídricos que ya no dé por sentada la nieve y el hielo como reservorios gratuitos. Eso implica, en la práctica, monitorear en tiempo real cuánta agua hay realmente almacenada en la cordillera, incorporar pronósticos de deshielo en la operación de embalses y sistemas de riego, y diseñar mecanismos financieros que asuman la variabilidad extrema como la norma y no la excepción. La tecnología para hacer esto ya existe; lo que falta es que empresas y entidades públicas la incorporen antes de que la próxima sequía o el próximo río atmosférico nos tome por sorpresa.

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Fuente: País Circular, Viernes 24 de Julio de 2026

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